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Más allá de mis días: Tercer Premio categoría cuento Concurso Literario ELA

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Grimaldo Ezcurra María del Carmen Díaz, in memoriam.  Todo lo que vemos desfilar ante nuestros ojos, todo lo que imaginamos, no es sino un sueño dentro de otro sueño.  Edgar Allan Poe.

Vuelvo allí a cada momento, cada vez que puedo. Un grillo triste me sonríe. Cada vez que puedo. Mi pobre amigo sabe. Yo también sé. Ellos también saben y espían en silencio mis gestos. Despierta o dormida. Es increíble la capacidad que he llegado a desarrollar durante estos meses. Aprendí a ver y escuchar mientras duermo. Sin que mi cara denote atención o registre algo más que mi respiración. Cada día más dificul-tosa por cierto. Tratan de ocultarme lo que se les nota en el temblor contenido, en el modo  de mirarme, de hablarme, de… en fin… qué fácil y a la vez tan difícil engañar a un enfermo. Al principio se negaban. Prolongados cuchicheos a mis espaldas. Segu-ramente una dolencia pasajera. Un poco de cansancio. Algo de estrés acaso. Las pri-meras consultas. Las primeras promesas. Las primeras esperanzas. Mías y también de ellos. Sobre todo de ellos. Ellos cada día más atentos, más comedidos… más tensos.

Se me empieza a resecar la piel. Se acentúan las ojeras. Nunca había prestado aten-ción a mi papada y a las bolsas debajo de los ojos. No había reparado en estas patas de gallo. El espejo no miente. Ellos sí me mienten y se mienten. Pero se les nota. La voz queda, casi quebrada. El llanto de repente a flor de piel. Las caras que se vuelven y alguien que escapa de espaldas. Como con culpa.

Con el correr de los días vamos aprendiendo ellos y yo. A disimular, a inventar, a fingir. Algo nuevo me está ocurriendo. Algo extraño en mi cuerpo. Mis brazos y mis piernas. Un cosquilleo. Un mutismo como si no quisieran saber nada conmigo. Pienso que mi propio cuerpo me rechaza. Para no pensar en eso pienso en ellos. Mi esposo. Los hijos. Mi hermana. Los sobrinos. Mis yernos. Los nietos. Mi suegra. Médicos desconocidos dos o tres veces por semana. Caras amables. Caras llenas de seducción y de promesas. Sentir que se renueva la esperanza. Pensar que no me están mintiendo, que es posible. Va a llegar el momento de que yo empiece a mentir también. Mentirle a ellos. Para que no se preocupen. Para que no sufran al verme cómo cada día ella me va sacando ventaja. Al principio la sentía a mi lado un rato y se iba. Hace un par de días que no se aleja de mi cuarto. Del costado de  mi cama.

Quedate tranquila mamá. Los médicos indicaron un nuevo tratamiento que está dando buenos resultados. En los Estados Unidos. Y en España. También en Japón. Es que todo eso está tan lejos. Seguramente nuevas inyecciones. Un día ya no voy a querer levantarme. Alguien va a decir mejor le damos suero. Claro, es tan fea la sensación. Preferible esperar una o dos semanas. Hacé un esfuerzo para comer mamá. No te podés debilitar. Por eso los comprimidos amarillos. Por eso las grageas celestes. Por eso las ampollas bebibles. Entre un episodio y otro los masajes. Alguien habla de un sacerdote sanador. Electroestimulación. Reiki. Al comienzo en el Polo Sanitario. Después en una clínica. Al final en casa todos los días. Y más caras amables y son-rientes. Estás más línda hoy. Cómo explicarles. Para qué explicarles. Algunas veces en ambulancia a un instituto. O a otro. Y a otro más. Cada salida una puerta que se abre. Otra esperanza. Me voy acostumbrando a esperanzar. Al menos a no deses-peranzar.

Sonrío para mí sola. Si ellos supieran. Si alguien sospechara. Si uno solo pudiera ima-ginar. Aprendí a leerles las caras y las manos y el latido de las yugulares. Aprendí a descifrar la jeringoza de los especialistas. Aprendí a leer la mente de los enfermeros y los médicos. Ya estoy enterada. Enterada de todo. O de casi todo, bah… las neuronas motoras, claro. Y sí, tenemos que controlar el exceso de glutamato, por supuesto.

Y si silenciamos todo. Si no la nombramos. Lo que no se nombra no existe. Por su-puesto hija. Por supuesto, queridos míos. Laissez faire. Qué gracioso venir a acor-darme de aquellas lecciones de Economía Política del último año del profesorado. La Economía es la ciencia de la escasez. Qué absurdo. Qué mundo tan absurdo donde sobra todo lo superfluo y falta todo lo esencial. Qué absurda una vida que solo nos prepara para morir. Aunque no conviene hablar de estas cosas. Al menos delante de ellos. No vale la pena asustarlos. No vale la pena afligirlos. Demasiado van a tener con elaborar sus duelos y sus culpas. ¿Cómo aliviarlos? ¿Cómo exculparlos? Ego te absolvo. Qué necedad esta manía de buscar culpas y culpables. Si los pobres supieran lo sencillas que son las cosas. Me dan ganas de decirles. pero no, qué tontería. Pen-sarían que además me patinan también las otras neuronas. Pobres hijos, padres y madres de familia ya y aún me necesitan. Pero tienen que crecer. Aprender que sola-mente se crece con dolor. En el dolor. Que la vida no regala nada. O será que per-dimos la inocencia de saber recibir regalos. O más vale hemos dejado de merecerlos. Cómo explicarles. Pobre la enfermedad la tiene mal. Habrá que comentarlo con el doctor. Con cuál de mis doctores. Con cuál de mis especialistas. Con cuál de mis enfermeros. Cardiólogos. Masajistas. Traumatólogos. Quiroprácticos. Neurólogos. Fi-sioterapeutas. Radiólogos. Nutricionistas. No sé cuántas especialidades más. Un bata-llón. Un mundo a mi alrededor. Para qué. Para cómo. Posiblemente necesite un tana-tólogo pero cómo arrancar con ellos este tema.

Pobres mis queridos. Creen que me están engañando. Siendo ellos los engañados. Cómo explicarles. Pero mamá, por favor. Si los veo temblar, palidecer. Me observan con miedo. Con miedo de ver lo que no quisieran ver. La realidad es lo que es, mis queridos. No es amarga la verdad, lo que no tiene es remedio. Cómo aliviarles un poco esta terrible carga de saber. De saber y disimular. De saber y hacerme creer. Les podría decir del doctor Hawking. Pero sería peor. Se horrorizarían de saber que sé. Los llenaría de remordimientos y de culpa no haber podido engañarme. No haber sa-bido engañarme. Si apenas pueden disimular su malestar cuando me ven respirar con dificultad. Piensan que la impresión de una máscara o un respirador sería contra-producente. Quién sabe en realidad lo que piensan en estos momentos tan difíciles para ellos. Mis queridos. Decirles que no se preocupen, que no teman. Cómo hacerles entender que estoy luchando. Que estoy dispuesta a seguir luchando como pueda. Mientras pueda. Que en todo caso lo que quisiera es evitar el dolor inútil. El sufri-miento extremo. Aunque quién puede saber cuál es el límite. Cuáles son las últimas fronteras.

Imagino que afuera hace mucho frío. Lo peor del invierno. Sin embargo la ventana está abierta de par en par. La noche de agosto oscura pero cálida. Apenas una brisa suave que flamea las cortinas. Las noches de Montevideo huelen a madreselva y a jazmines. Huelo en el aire cálido el sudor de los botijas jugando a las bolitas por un vintén. Es extraño. Pleno invierno pero llegan desde lejos rumores del Carnaval. Por el lado de Isla de Flores. Bullicio de tablados y un tracatraca de parches y comparsas. Por primera vez en varios meses que siento el cuerpo ligero y no me pesan los brazos ni las piernas. Por primera vez me doy cuenta de haber olvidado cómo se deletrea la palabra dolor. La brisa nocturna refresca mis mejillas que parecían resecas por la fie-bre. Lejos muy lejos un enjambre de lucecitas rojas y azules y verdes y amarillas. Son las murgas de Pocitos o del Buceo bailando en la playa sobre la arena ardida de pasos y tambores. Adelante las banderas incendiando la noche. Atrás el bastonero y los vie-jitos. Un cuerpo de pasistas con los torsos brillando a la luz de las antorchas. Y atrás ella. Estuvo tantas noches a la cabecera de mi cama. Y no llegué a reconocerla. Rosa Luna. Mira hacia mí haciéndome gestos. Que me acerque. Me llama. Mi cuerpo flota en la noche oscura sin peso y sin esfuerzo. Ni un ápice de dolor. Ni un tirón en los músculos. Ni una aguja en el pecho. Dejo detrás una pesadilla de dolores y de lágri-mas. Ellos comprenderán. Ahora queridos míos van a estar contentos.

Flotando en el aire tibio sin esfuerzo me acerco a Rosa Luna. Ella se ríe y estirándome los brazos morenos se aleja sobre el agua. La voy siguiendo en un juego que remezcla los pasos de la danza con un flamear majestuoso de banderas y estandartes. Más allá de la noche montevideana. Más allá de mis días. 